La lluvia repiquetea incesante en mi casco. El mundo se convierte en un surtido de gotas que deforman mi realidad a través de las gafas. Y estoy empapado hasta la médula. Pero no me importa, a mi lado tengo a un puñado de espartanos que no le han temido al tiempo. Liderados por nuestro valiente presidente desafiamos al bipolar tiempo de primavera y ponemos rumbo a nuestro destino. No hay miedo.

Camino de Ronda nunca supuso un desafío tan extremo. El agua hace mella en nosotros y ni los mejores chubasqueros consiguen ganarle la batalla a la humedad. La ruta se nos está complicando y lo sabemos, pero solo nos basta una mirada y un grito de rabia para confirmar que aquí no se raja nadie, que hoy llegamos a nuestro destino.

Es el aliento de los compañeros, la sensación de pertenencia a un equipo lo que te ayuda a superar las etapas más complicadas, aun contra viento y lluvia, como la del pasado domingo. Fue épica, espectacular la garra y el tesón que demostramos al cruzar el Zaidín, desafiando algún que otro semáforo para llegar a meta y coronar el gran Collado de la Desi. Allí estábamos nosotros, confundiendo lágrimas con lluvia, con los ojos enrojecidos y mojados hasta en el alma pero con una indescriptible sensación a victoria.

El trofeo nunca supo tan bien. Ni Indurain, ni Contador ni ninguna de las leyendas del ciclismo podrá jamás decir que ascendieron como fanáticos hasta el Colado de la Desi para terminar alzando el Churro de la Victoria. Porque el triunfo sabe mejor bañado en chocolate. Y nosotros, el pasado domingo, fuimos ganadores.

 

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