Esto del ciclismo va de saber sufrir. De apretar los dientes cuando no puedes seguir y dar otra, otra y otra pedalada más hasta que llegas a tu límite. Y entonces lo superas, lo dejas allí atrás,  junto con todas tus inseguridades.

En este combate cruel contra tus limitaciones no estás solo, claro que no. A tu alrededor tienes un equipo que te apoya, unos compañeros que pedalean a tu lado; y luego está tu bicicleta. Pequeña o grande, ligera o pesada, moderna o antigua. Tu bicicleta no te falla, de verdad que no. Tan sólo te pide que seas fiel a ella, que no la dejes olvidada en un garaje. Juntos podéis llegar hasta donde hace tan solo unos días atrás era un destino inalcanzable. ¿Quién te hubiera dicho que llegarías a escalar ese puerto? ¿Quién hubiera asegurado que descenderías con seguridad por ese sendero?

¿Quién le hubiera dicho hace unos meses a nuestra compañera Clara que llegaría con su bici hasta Ermita Vieja? ¿Que saldría de Granada y tendría la garra suficiente como para no darse por vencida? Esto del ciclismo es saber sufrir y ella lo demostró el pasado domingo.

No puedo hablar por ella pero seguro que si le preguntáis, os dirá que no, que no lo pasó nada bien durante la subida. Que se le hizo amarga, injusta, implacable. Pero seguro que también os dirá que lo volvería a hacer. Que tras esa experiencia ha crecido como ciclista y como persona. Porque lo fácil hubiera sido darse la vuelta.

EL RESTO, UNOS CHALADOS

¿Y el resto de los BTT300? ¿Qué hacíamos? Pues antes de llegar al bar nos dio por bajar como alma que lleva el diablo por esos barrancos y senderos que se desparraman bajo Ermita Vieja. Aquella zona de Dilar nunca deja de sorprender y algunos descubrimos una vereda entre la maleza que jamás habíamos catado. ¡Y menuda experiencia! Divertida, desafiante a ratos, con subidas y bajadas, alguna caída tonta…

Se echó de menos a mucha gente, pero ya tenemos un par de citas imprescindibles para los próximos domingos así que, ¡no vale perdérselas!

Anuncios