Es una sensación maravillosa,

imposible de explicar en su complejidad

a quien jamás la ha sentido.

 

¿Cómo explicar la maravillosa combinación de colores

de la nebulosa de Orión?

¿Cómo explicar los ricos matices

de una sinfonía de Beethoven?

¿Cómo explicarle a quien jamás ha montado en bicicleta,

la increíble sensación de libertad que sentimos cada domingo?

 

No es sencillo contar, al llegar a casa, lo hermoso de la vistas 

del último mirador visitado. Como ese que nos llevó a rozar, cara a cara,

los recovecos del Albaicín y el Sacromonte.

 

Difícil escribir, en una crónica como esta,

cómo la adrenalina se infiltró por todo nuestro ser cuando descendimos,

desde el Llano hasta Jesús del Valle, mientras la Sierra nos miraba y relucía.

 

O cuando cruzamos ese pequeño río y nos mojamos y nos reímos

y todo el mundo espera que alguien cayera. Pero cada cual cruzó a su manera;

los hubo que no llegaron a mojarse, los hubo que se dieron un baño.

 

Es todo un reto narrar lo que sentimos al ver aquella cuesta, sí esa,  

la que nos hizo calentar las piernas aun antes de comenzar.

Al final se supera, como se supera todo en la vida, acompañado de los mejores.

 

Para luego volver a casa, cansados y satisfechos. En paz.

Tras tomar una cerveza y tapear anécdotas,

Y pensar ya en la siguiente salida.

 

Es una sensación maravillosa,

imposible de explicar en su complejidad

a quien jamás la ha sentido.

 

Granada – Jesús del Valle – Beas de Granada – Quéntar

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